ICH KENNE NUR DEUTSCHE: guerra y exilio en el II Reich

Representación alegórica de Alemania armada en defensa de la patria.

En el verano de 1914, en plena efervescencia nacionalista, los grandes y pequeños estados europeos marcharon a la guerra para defender su patria contra el enemigo. Cuatro años más tarde y millones de muertos después, los grandes imperios seculares europeos habían sido completamente barridos. Si el contexto de la Revolución Rusa y la dramática abdicación, cautiverio y asesinato del zar Nicolás II son de sobra conocidos, mucho menos se ha escrito sobre el hundimiento de Alemania, Austria-Hungría y el Imperio otomano, en este orden.

En el caso alemán, la bibliografía en español se ha enfocado sobretodo a cuestiones militares mientras que el análisis de las cuestiones más políticas o incluso más biográficas es prácticamente inexistente. No creo que haya mejor momento que ahora, el centenario de la Primera Guerra Mundial, para dedicar un post a los aspectos más internos y menos conocidos de la Alemania de la época.

EL SEÑOR DE LA GUERRA

La Constitución del Imperio alemán de 1871 establecía que el Emperador alemán era en tiempos de guerra el “jefe supremo del ejército”. No obstante, ya desde inicios de la guerra quedó demostrado que esto era pura retórica. A pesar de la estrecha relación entre el Káiser y el Ejército, al que consideraba uno de los pilares del país, y de lo cómodo que se sentía rodeado de un ambiente castrense (todo ello muy común en las monarquías de la época), el soberano ignoraba cuestiones básicas sobre el día a día del ejército y sobre estrategia. Asimismo, como sus intervenciones en este campo solían ser disruptivas, sus generales le comunicaban solo lo justo y necesario. Al parecer, incluso Alfred von Schlieffen le había ocultado el famoso Plan Schlieffen (el plan de guerra alemán), ya que temía que el soberano constituyera, dada su propensión a hablar más de la cuenta, una brecha de seguridad.

La afición del káiser Wilhelm II por los uniformes y las poses teatrales fue admirada y caricaturizada a partes iguales.

Con el estallido de la guerra, que Wilhelm II había aceptado con reluctancia, el soberano delegó las cuestiones militares en sus generales, convirtiéndose en un “jefe supremo del ejército” solo en nombre. Sin embargo, siguió siendo un centro de poder importante pues, al fin y al cabo, era él quien seguía aprobando los nombramientos de “sus” generales.

El Káiser y la familia imperial aclamados en el balcón del Stadtschloss de Berlín al inicio de la guerra. Escenas idénticas se vieron en Londres y en San Petersburgo.

Ya desde el verano de 1914, el Káiser había dado muestras de un agotamiento nervioso, que se acentuaría a medida que avanzaba la guerra. Al principio, insistió en establecer el Cuartel General del Estado Mayor en el castillo de su amigo el príncipe de Pless en Silesia y con frecuencia pasaba más tiempo allí que en Berlín. Su canciller, Theovald von Bethmann-Hollweg, se quejaba que el soberano llenaba las cartas con cuestiones triviales, como por ejemplo la decoración de los baños en dicho castillo. El alejamiento de Berlín, centro político del Imperio, tuvo serias consecuencias para el reinado de Wilhelm II, pues lo alejó de la toma de decisiones y de la realidad política y social del país, cosa parecida le ocurrió al zar Nicolás II.

No deja de ser curioso que el soberano, que tan atento había estado antes de la guerra a la opinión pública y que tanto había cuidado sus apariciones públicas, se recluyera ahora en el Cuartel General, donde se pasaba el día sin hacer gran cosa, siendo informado del estado de la guerra por sus generales. La explicación seguramente estaría en el propio carácter del monarca, que con frecuencia oscilaba entre periodos de gran euforia y otros de decaimiento, el estallido del conflicto parece que agravó una depresión que ya venía padeciendo desde el Escándalo del Daily Mail en 1908.

DUOPOLIO

El progresivo decaimiento del poder y de la popularidad del soberano fue paralelo y estuvo ligado al ascenso de otra importante figura, la del general Paul von Hindenburg. Este había saltado a la fama a finales de agosto de 1914 cuando, durante la Batalla de Tannenberg, había derrotado a dos ejércitos rusos muy superiores en número que habían invadido la Prusia Oriental. Tras dicha victoria, se le colgó el epíteto de “héroe” y por toda Alemania aparecieron estatuas de madera suyas en las plazas de pueblos y ciudades. Hindenburg se convertiría en la figura alemana más popular de la guerra y muchos lo verían como un auténtico líder y modelo a seguir en esos momentos de zozobra.  El general poseía además un aspecto imponente, a sus 66 años era un hombre alto y robusto, con un gran mostacho alemán y un característico tupé rectangular. Asimismo, al contrario que Wilhelm II, Hindenburg se dejaba ver en público con frecuencia y concedía entrevistas con facilidad. En cierto modo representaba esa fuerza primigenia de la “nación teutona” y las comparaciones con Bismark no tardaron en aparecer. La popularidad de Hindenburg sería una importante baza que él mismo no tardaría en explotar.

Hindenburg y Ludendorf en la Batalla de Tannenberg, según el pintor Hugo Vogel.

Desde el inicio de la guerra, el Jefe del Estado Mayor había sido el célebre general Helmuth von Moltke el Joven, sin embargo, tras de derrota de la Batalla del Marne, éste se retiró por problemas de salud. Fue substituido por Erich von Falkenhayn que consideraba que la guerra debía ganarse en el Frente Occidental, el franco-belga, y que más tarde ya habría tiempo de pactar una paz con Rusia. Dicha estrategia era frontalmente rechazada por Hindenburg, el héroe del Frente Oriental, y por su segundo al mando, el general Erich Ludendorff. Ambos pronto iniciaron una campaña anti-Falkenhayn que logró reclutar a personajes influyentes como el canciller Bethmann-Hollweg y a miembros de la familia imperial, como la emperatriz Auguste Viktoria y el príncipe Joachim, esposa e hijo del Káiser respectivamente. El soberano se mantuvo en sus trece a pesar de las repetidas amenazas de dimisión de Hindenburg. No obstante, tras la clamorosa derrota en la batalla de Verdún, que Falkenhayn había proyectado como su obra maestra, éste perdió el favor del emperador.

En agosto de 1916, Hindenburg se convirtió en Jefe del Estado Mayor alemán, su poder, desde entonces, no pararía de crecer, cosa que ha llevado a algunos historiadores a hablar de un “dictadura militar”, expresión un tanto exagerada, si bien es cierto que se convertiría en la persona más poderosa del país.

Hindenburg, el Káiser y Ludendorff en el castillo de Pless (antes Alemania, ahora Pszczyna en Polonia).
La misma sala, «el Salón del Emperador», primorosamente conservaba en la actualidad.

LOS SUBMARINOS

Uno de los temas más polémicos política y militarmente durante toda la guerra en Alemania fue la llamada “Guerra submarina a ultranza” (GSU, en alemán Uneingeschränkte U-Boot-Krieg). Para hacer frente al bloqueo naval británico, el Almirantazgo alemán puso en marcha lo que consideró un arma de guerra definitiva: los U-boats (submarinos), con una tecnología muy superior a la que tenían los Aliados. Sin embargo, el derecho internacional y la Convención de la Haya regulaban solo los combates en superficie, nada se había estipulado aun sobre la guerra submarina. ¿Debía avisar un submarino a un barco antes de torpedearlo? ¿Era lícito bombardear a barcos neutrales si estos transitaban por una zona de guerra? ¿Y si dichos barcos llevaban material de contrabando? ¿Qué ocurría con los pasajeros de países neutrales que viajaban en barcos enemigos? ¿Qué certeza tenían los capitanes de los U-boat de identificar correctamente un barco?

Todas estas preguntas tendrían respuesta de forma trágica y brusca el 7 de mayo de 1915, cuando el U-boat U-20 hundió al trasatlántico Lusitania, muriendo como consecuencia más de mil personas. El hundimiento de Lusitania causó un amplio impacto en la opinión pública internacional que los Aliados aprovecharon para convertir en un ejemplo de la “barbarie teutona”. Solo años más tarde se demostraría que el buque cargaba en sus bodegas con armamento de contrabando. 

El torpedeo del Lusitania, según el ilustrador Ken Marschall.
El hundimiento del Lusitania, según el ilustrador Ken Marschall.

En Alemania, el hundimiento causó también una profunda indignación y el Káiser ordenó, con el apoyo de su canciller, que se paralizara la “Guerra submarina a ultranza”. Además de la preocupación porque Estados Unidos entrara en la guerra, al emperador también le atormentaba la idea de imaginar mujeres y niños inocentes ahogándose en el mar.

El almirante Alfred von Tirpitz, principal promotor de la GSU, amenazó entonces con dimitir, pero el Káiser se mantuvo firme. Tirpitz, con el apoyo incondicional de Hindenburg y Ludendorff, presentaría su dimisión en dos ocasiones más, la última fue aceptada.

El emperador y el canciller mantuvieron su veto a la GSU hasta inicios de 1917. Por aquel entonces, el bloqueo naval británico empezaba a hacer estragos entre la población alemana, las primeras hambrunas serias se empezaban a notar. Asimismo, en el Reichstag (el Parlamento Imperial) varios partidos se unieron para formar un bloque pro-GSU. El Partido Conservador (derecha), el Nacional Liberal (centro-derecha) y el Zentrum (centro católico) amenazaron con retirar el apoyo al gobierno del canciller Bethmann-Hollweg si no se re-emprendía la GSU. Por otro lado, el Almirantazgo había elevado la producción de U-boats y prometía que en caso que Estados Unidos entrara en la guerra, ellos serian capaces de torpedear tantos barcos que ningún soldado americano jamás llegaría pisar Europa. El 31 de enero, el Káiser cedió y autorizó de nuevo la “Guerra submarina a ultranza”. El 6 de abril, Estados Unidos declaró la guerra a Alemania.

La campaña de guerra submarina constituyó uno de los mayores fracasos militares y también políticos alemanes, que no supo o no pudo contrarrestar la propaganda Aliada. Del mismo modo, contribuyó a erosionar el poder civil (el Káiser y el canciller) frente al militar (Hindenburg, Ludendorff y el Almirantazgo).

Póster de propaganda aliado: el Káiser representado como un pirata ahogando a niños en el mar.

TENSIÓN EN EL REICHSTAG

Cuando la guerra estalló en agosto de 1914, el Káiser se dirigió al Reichstag con una famosa frase, “Ahora no veo partidos, solo veo alemanes”. Todos los partidos políticos se adhirieron a la llamada Burgfrieden (una tregua política mientras durara la guerra) y se comprometieron aprobar los presupuestos militares.

Póster de propaganda alemán: «Así es como serán las tierras alemanas si los franceses llegan al Rin».
Curiosamente esto se haría realidad décadas despues, pero no por obra de la artillería francesa, sino por los bombardeos aéreos anglo-americanos.

Durante los primeros años de la guerra, el apoyo multipartido al gobierno del canciller Bethmann-Hollweg se mantuvo sin fisuras. Pero en la primavera de 1917, como consecuencia de la Revolución Rusa, dicho apoyo empezó a deteriorarse. Tuvieron lugar las primeras huelgas masivas desde el inicio de la guerra y, en el Reichstag, los partidos de centro e izquierda empezaron a reclamar una paz sin anexiones, ni vencedores, ni vencidos y una mayor democratización del Imperio, sobretodo del Parlamento Prusiano, que se elegía en función de las clases sociales.

Frente a esta tesitura, el canciller aconsejó al Káiser que anunciara, en su “Discurso de Pascua”, que la reforma electoral se produciría tras la guerra, cosa que fue considerada insuficiente por una mayoría del Reichstag.

Asimismo, en julio de 1917, el Reichstag aprobó la llamada Friedensresolution (una propuesta de paz sin anexiones ni indemnizaciones) con el apoyo del Partido Socialdemócrata (izquierda), del Partido Popular Progresista (centro-izquierda) y del partido Zentrum (centro católico). La resolución fue ignorada tanto por el Estado Mayor alemán como por los Aliados.

Inquietos ante tales sucesos, Hindenburg y Ludendorff amenazaron una vez más al Káiser con dimitir si no se frenaban tales acciones en el parlamento y si Bethmann-Hollweg no era cesado. El emperador no cedió, pero finalmente en julio, Bethmann-Hollweg, que ya no gozaba del apoyo del Reichstag y no quería enfrentar al Káiser con sus generales, dimitió. Tras saberlo, Wilhelm II exclamó “Pronto me tocará abdicar a mi”.

El nuevo canciller fue Georg Michaelis, era la primera vez que el canciller del Imperio no era conocido del Káiser ni tenía relación alguna con la corte. Michaelis, hábil administrador fue substituido poco después por el conservado conde Von Hertling. Ambos gozaron del apoyo y la aprobación de Hindenburg y Lundendorff. El Káiser, por su parte, había perdido la mayor parte de su poder político, pues era él el que solía elegir el canciller como premio por una brillante carrera en la administración.

UN AÑO EN SPA

En febrero de 1917, tras la estabilización del Frente Oriental, el Estado Mayor alemán decidió trasladar  su cuartel general desde Pless, en Silesia, hasta la otra punta de Alemania, la ciudad balnearia de Bad Kreuznach, cerca de Coblenza. Hindenburg esperaba concentrarse más en el Frente Occidental ahora que se sospechaba que Estados Unidos entraría en la guerra.

Apenas un año después, con el fin de preparar la Ofensiva de Primavera, el cuartel general se trasladó más cerca del frente, a la ciudad belga de Spa (sí, de esta ciudad viene la palabra más chic que hoy usamos como sinónimo de balneario). La ciudad había sido ocupada por los alemanes en agosto de 1914 y su cantidad de establecimientos hoteleros y sus aguas de reputada salud pronto la convirtieron en un importante centro de convalecencia para las tropas. Ese mismo año, un gran hospital militar fue instalado en el antiguo casino. El 8 de marzo de 1918, la ciudad, apta para alojar a una gran cantidad de gente, se convirtió en la nueva sede del Estado Mayor, los generales Hindenburg y Ludendorff llegaron acompañados de 800 oficiales, 3000 hombres y 800 caballos.

El cuartel general se instaló en el Hôtel Britannique y varias villas en el cercano pueblo de Nivezé fueron requisadas para alojar a los altos mandos. Hindenburg residió en la Villa Sous-Bois, Ludendorff en la cercana Villa Hill Cottage y el canciller Von Herting en el Château de Crawhez. Para el Káiser y su séquito se reservaron cinco propiedades de la riquísima familia Peltzer. En un principio el emperador residió en la Villa la Fraineuse para luego trasladarse al cercano Château de Neubois. A la mayoría de estas residencias se les añadió un búnker en el sótano.

El Château de Neubois en Spa, residencia atribuida al emperador Wilhelm II.
(http://www.clham.org/t-3-fasc-5-spa)
El Káiser departiendo en el porche del chàteau.
El búnker del general Hindenburg en la Villa Sous-Bois, con el mobiliario proveniente del boudoir de la dueña de la casa.

El Káiser pasó mucho tiempo en Spa, pero como ya ocurrió en los anteriores cuarteles generales, no tenía mucho que hacer. El emperador era informado (más o menos fidedignamente) del estado de la guerra por la tarde, pero el resto del día lo pasaba paseando por el bosque, caminando alrededor del lago Warfaz y cortando leña. Un enviado austríaco afirmó que el Káiser parecía “un prisionero de sus generales” y que vivía en un ambiente claustrofóbico y aislado, sin que apenas le llegaran noticias sobre la realidad del frente.

Sin embargo, con frecuencia, el Káiser también recibía invitados, como los enviados del sultán otomano, del zar Ferdinand de Bulgaria, de la nueva Ucrania o de los nuevos Estados Bálticos. La vajilla de plata maciza de Friedrich II el Grande había sido traída desde Berlín para tales ocasiones. La visita más importante, no obstante, fue la del emperador Karl I de Austria-Hungría que vino en dos ocasiones, la última (en agosto) después de que el Káiser se enterara que el emperador austríaco estaba intentado negociar una paz separada.

LA REFORMA DE LA CONSTITUCIÓN

La irreal atmósfera de Spa dio un brusco giro en setiembre de 1918. El día 15, Bulgaria firmó su rendición incondicional, era el primero de los Imperios Centrales en ser derrotado. Días después, Lundendorff informó a Wilhelm II que la Ofensiva de Primavera había sido un completo fracaso y que el frente estaba a punto de colapsarse.

Con tal de evitar la humillación de tener que firmar un armisticio, Hindenburg y Ludendorff sugirieron que fuera el Reichstag el que iniciara las conversaciones de paz y aceptara los “Catorce Puntos” del presidente americano Woodrow Wilson (evacuación de los territorios ocupados, libertad de comercio y navegación, autodeterminación de los pueblos, etc.).

Asimoismo, se consideró que una mayor parlamentarización del país y un gobierno formado por diputados y no por favoritos imperiales haría que el Armisticio fuera más fácil de aceptar por los Aliados.

El canciller Von Hertling se negó a aceptar tales condiciones y dimitió, el Káiser decidió nombrar como canciller a su primo segundo, el príncipe Max von Baden, de tendencia liberal.

El nuevo y último canciller del Imperio alemán, se encontró, sin embargo en una posición muy difícil, ya que tenía que hacer frente al mismo tiempo a la intransigencia del Estado Mayor, que era como un segundo gobierno, y a la creciente violencia de partidos de extrema izquierda. Asimismo, el tono de las exigencias del presidente Wilson aumentaba poco a poco y ahora pedía “la destrucción de cualquier poder arbitrario que pueda poner en peligro la paz del mundo”. Esto no tardó en interpretarse como una velada petición para que el Káiser, a quienes los Aliados consideraban el culpable de la guerra, abdicara.

El Káiser representado en la propaganda aliada como un maníaco sanguinario que deseaba comerse el mundo.
Propaganda aliada: la Muerte ofreciendo al Káiser miles de muertos en su honor para su cumpleaños (enero 1915).

El 28 de octubre, el príncipe Max von Baden logró aprobar una enmienda en la Constitución que recortaba considerablemente los poderes del Káiser y aumentaba los del Reichstag. La monarquía constitucional se convertía en monarquía parlamentaria.

Un día después, Hindenburg y Ludendorff cambiaron de opinión y decidieron seguir con la guerra, costara lo que costara. El Káiser tomó entonces la decisión política más importante desde el estallido del conflicto, anunciaba el cese de Ludendorff ante sus continuas interferencias. Éste huyó inmediatamente a Suecia disfrazado y con papeles falsos. Hindenburg, por su parte, fue mantenido en el cargo dada su popularidad. El soberano exclamó: “Por fin se ha terminado la operación, he separado a los siameses”.

Ese mismo día, en medio de cada vez más peticiones de abdicación, Wilhelm II abandonó Berlín rumbo a Spa, sería su peor decisión. Jamás volvería a pisar la capital. Su estancia en el Cuartel General no solo le alejaría del centro de decisiones políticas sino que también asociaría su figura al fracaso de las operaciones militares.

EL COLAPSO

La misma noche que el Káiser abandonaba la capital, se producía en la base naval de Wilhelmshaven un motín contra las órdenes del Almirantazgo de prepararse para salir a luchar a alta mar. Los marineros consideraban que estando negociándose un armisticio era un sacrificio inútil. Al día siguiente, el 30, el motín se había extendido a la base naval de Kiel. En una semana, el motín se había convertido en una revuelta popular de marineros y trabajadores. Aunque finalmente la revuelta fue sofocada, por aquel entonces, la noticia ya se había extendido a las principales ciudades alemanas.

La tensa calma de Spa sufrió un serio revés el día 3 de noviembre, con la noticia que Austria-Hungría (que se había desintegrado rápidamente durante el mes de octubre) acababa de firmar un armisticio por separado. Fue la última acción tomada por el gobierno imperial austro-húngaro antes de su disolución.

El día 7, hubo revueltas y “asambleas de trabajadores” en la mayoría de las ciudades alemanas. El rey Ludwig III de Baviera tuvo que abandonar Múnich después de que la “república libre de Baviera” hubiera sido proclamada. Al anochecer, llegaron a Spa los representantes del Reichstag que tenían que firmar el Armisticio con los Aliados. Estaban liderados por el diputado centrista Matthias Erzberger, el mismo que en verano de 1917 había propuesto la “Resolución de Paz del Reichstag”. Partieron poco después en cinco coches rumbo al frente.

El día 8, viernes, mientras serios disturbios ocurrían en Berlín, el canciller Max von Baden llamó insistentemente a Spa para pedir al Káiser que abdicara, solo así, decía, podría salvarse la monarquía. Su aliado parlamentario, Friedrich Ebert, líder del Partido Socialdemócrata (SPD), esperaba conservar la monarquía e impulsar reformas, pero quería evitar a toda costa una revolución socialista. Wilhelm II, por su parte, confiaba en ganar tiempo y, una vez firmado el Armisticio, usar el ejército para frenar la revolución. Sus generales le hicieron ver que eso era una quimera. Curiosamente el gobierno alemán haría eso mismo apenas medio año después. El Káiser empezó a barajar entonces la idea de abdicar como “Emperador alemán” pero mantenerse como “Rey de Prusia”.

La Fraineuse

El día 9 de noviembre, sábado, por la mañana, Hindenburg se reunió con sus oficiales para sondear la fidelidad de los soldados, a las diez partió hacía la Villa La Fraineuse para hablar con el emperador. Aconsejó abdicación inmediata. El Káiser decidió esperar a más informes de los militares y a la opinión de su hijo, el kronprinz (príncipe heredero) Wilhelm, que llegó sobre la 12 y recomendó lo contrario, no abdicar. Los mensajes y llamadas telefónicas de Berlín eran cada vez más insistentes. A la una y quince llegó un telegrama del príncipe Max von Baden: “ruego a Su Majestad que abdique para salvarnos de un situación desesperada”.

El Káiser se convenció y redactó una abdicación como emperador, acto seguido fue a almorzar con su hijo el kronprinz. A las dos y quince, mientras los generales acababan de redactar el comunicado oficial, llegó una notificación que el príncipe Max von Baden ya había anunciado la abdicación de Wilhelm II sin esperar la confirmación oficial. Pero no solo lo había «abdicado» como emperador alemán, sino que también había anunciado su abdicación  como rey de Prusia y la renuncia de su hijo al trono. El emperador exclamó furioso:

¡¡¿Así es como me sirve mi canciller?!!

Una vez más, hubo debate sobre qué hacer, sobre si las tropas serían leales o no, sobre si Wilhelm II seguía siendo aún rey de Prusia, etc. Las noticias seguían siendo alarmantes, desde Berlín se informó que el príncipe Max von Baden había resignado, que el socialdemócrata Scheidemann había proclamado la “república alemana” y que horas más tarde el comunista Liebknecht, por su parte, había anunciado la creación de la “república socialista libre” desde el balcón del mismísimo Stadtschloss.

Karl Liebknecht proclamando la «república socialista libre» desde el balcón del Stadtschloss de Berlín.

EL EXILIO

En Spa, en el Hôtel Britannique, Hindenburg y los generales se reunieron ahora para hablar ya directamente del exilio del Káiser, que fue informado que ni siquiera la guarnición de Spa era de fiar. Él, por su parte, afirmó que “no permitiré que me arresten”, le aterrorizaba acabar como Nicolás II. Los Países Bajos fueron seleccionados como el exilio más lógico.

Pasadas las 7 y media de la tarde, el emperador abandonó el Château de Neubois y se instaló en su “tren imperial” parado en la estación de Spa. Allí cenó y conversó una vez más sobre un posible retorno, volvió a dudar sobre si partir al exilio o no. Más malas noticias fueron llegando: el rey de Wurttenberg, el gran duque de Hesse (hermano de la zarina Aleksandra) y el gran duque de Weimar también se habían visto forzados a abdicar.

Finalmente, pasadas las cuatro de la madrugada, el Káiser se decidió a partir y el tren imperial abandonó la estación de Spa. El emperador decía adiós para siempre al Ejército alemán y a Hindenburg, hombre que en el fondo se había convertido en su némesis. El “jefe supremo de los ejércitos” había visto como, poco a poco, la guerra y el ejército habían acabado hundiendo la inmensa popularidad de la que gozaba antes de 1914.

Cinco kilómetros más lejos, en La Reid, el tren paró. Había rumores que tropas sublevadas y amotinados podían haber tomado la vía, todo el mundo seguramente tenía en mente la abdicación del zar Nicolás II, apenas un año antes, recluido en su tren inmovilizado. El emperador y su séquito se trasladaron a cinco coches y, la madrugada de aquel domingo 10 de noviembre, cruzaron la oscura y silenciosa campiña belga hasta llegar al puesto fronterizo holandés de Eysden, situado unos sesenta kilómetros al norte. Allí, los emperifollados miembros del séquito tuvieron que despertar a la guarnición del puesto y, sobre las ocho, el mayor Van Dyl les autorizó a cruzar la frontera y a esperar en la pequeña estación local a que se concluyera el papeleo.

Durante casi seis horas, el hiperactivo Wilhelm II tuvo que esperar, andén arriba, andén abajo, a que se le concediera asilo político en Holanda. Mientras tanto, numerosos periodistas se apresuraron a tomar fotos y gravar vídeos del histórico momento. Solo horas después, cuando por fin llegó el tren imperial, el Káiser y su séquito pudieron esconderse del ojo de los curiosos.

El Káiser y su séquito esperando en la estación de Eysden, el emperador es el hombre más bajito que aparece justo en el centro del grupo.

Una vez rellenados los formularios y aceptada la petición de asilo de “Wilhelm von Hohenzollern”, se tuvo que buscar un alojamiento. Por orden de la reina Wilhelmina, el conde Bentinck puso a disposición de los asilados su castillo de Amerongen, donde llegaron en un convoy de ocho coches la tarde del día 11, en medio de una espesa niebla. Tras asegurarse que el conde no era masón, lo primero que pidió el Káiser fue un “buena taza de té caliente inglés”. Pocas horas antes, los representantes del, ahora derrocado, gobierno  imperial alemán habían firmado, en Compiègne, el Armisticio con los Aliados.

El Káiser (con aspecto demoníaco) llora mientras el mariscal Joffre (jefe del estado mayor francés) ríe.

En los siguientes días llegaron a Amerongen su esposa, la emperatriz Auguste Viktoria; su nuera, la kronprinzessin Cecilie y sus nietos, todos ellos habían vivido las turbulentas semanas de noviembre recluidos en el Neues Palais de Potsdam.

La apacible rutina que poco a poco se había establecido en Amerongen fue alterada el 28 de noviembre con la llegada de los representantes del nuevo gobierno republicano, liderados por el conde Ernst zu Rantzau. Éstos pidieron, con una exquisita educación, que el Káiser firmara la acta oficial de abdicación, un gran documento de grueso papel y con el águila imperial en la parte superior. “WILHELM”, firmó el Káiser. Desde entonces era un ciudadano alemán más viviendo en Holanda, país que jamás abandonaría.

Hindenburg, por otro lado, recibió órdenes, por parte del nuevo gobierno republicano, de organizar el progresivo repliegue del ejército. Meses después, al volver a su ciudad natal de Hannover, fue jaleado como un héroe y se le regaló una villa, para gran sorpresa de él mismo, que consideraba que había perdido «la guerra más importante de todos los tiempos».

EPÍLOGO

La pareja imperial y su entourage siguieron viviendo en Amerongen hasta que se trasladaron al nuevamente adquirido palacete de Huis Doorn en 1920. Por aquel entonces, el Káiser había alcanzado un acuerdo económico en el nuevo gobierno de la República de Weimar, que le permitió cargar veintitrés vagones con muebles, pinturas y souvenirs provenientes de las antiguas residencias imperiales. Irónicamente, la compra de Huis Doorn se financió con la venta de un palacio que el emperador poseía en la Wilhelmsstrasse de Berlín y que iba a convertirse en la nueva residencia del presidente del Reich.

Huis Doorn, en los Países Bajos.

En Huis Doorn, el ex-Káiser llevó una vida tranquila, más propia de un gentleman inglés en su casa de campo que de un soberano derrocado. Seguramente la misma vida que hubieran deseado los menos afortunados Louis XVI y Nicolás II, o incluso Karl I de Austria. Desde allí, quien antaño había sido la personificación del poder (y para algunos de la agresividad) alemana, contemplaría el duro Tratado de Versalles y el lento descenso a los infiernos de su patria. “Por primera vez, me avergüenzo de ser alemán” dijo tras la Noche de los Cristales Rotos.

El Káiser, de civil, en Huis Doorn.
El Káiser y su segunda esposa, la princesa Hermine von Reuss zu Greiz.

Falleció en 1941, con 82 años, en una Holanda ocupada por los nazis. Para evitar ser enterrado rodeado de esvásticas, el Káiser prohibió que en su funeral hubiera banderas. El destino le ahorraría tener que ver a una Alemania reducida a cenizas humeantes pocos años después.

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