El búnker secreto del Emperador

El 13 de octubre de 1868, los habitantes de Edo (actual Tokio) observaron un espectáculo insólito, ante sus ojos transcurría una larga sucesión de samuráis y altos cargos de la corte imperial, en el centro de la procesión un palanquín cerrado transportaba, como si de una reliquia se tratara, al emperador Meiji. Venía a tomar posesión del castillo de Edo.

El Emperador cruzando los fosos y entrando en el castillo de Edo.
Durante más de dos siglos, Japón había sigo gobernado por el shogun (el generalísimo de los ejércitos), mientras que el Emperador, viviendo recluido en el palacio imperial de Kyoto, mantenía una función simbólica. Como dios viviente que era, no podía involucrase en cosas tan mundanas como los asuntos de gobierno.

No obstante, a mediados del siglo XIX, ante el auge del imperialismo europeo, el Japón había tenido que tomar una decisión trascendental, renovarse o morir. El inefectivo gobierno del shogun había sido derrocado, y el Emperador había sido “restaurado” en el poder. Bajo el reinado del emperador Meiji, Japón pasaría de ser un estado que vivía anclado en la Edad Media a una potencia mundial.

A inicios de 1867, las tropas leales al Emperador habían tomado el Castillo de Edo, residencia del shogun Yoshinobu que, ascendido el cargo en 1866, nunca llegó a residir en él. A finales de 1868, como hemos dicho, el emperador abandonó Kyoto para establecerse en Edo, que no en vano era una de las ciudades más populosas del mundo. En ese momento Edo («Estuario») fue renombrada Tokio (“Capital del este”).

Otra representación de la llegada del Emperador.
El castillo de Edo era en esa época un enorme complejo de edificios rodeado por altísimos muros y fosos rellenos de agua. Como todos los castillos del país había crecido de forma concéntrica y laberíntica. Había dos partes claramente diferenciadas: el Honmaru, que era la residencia del shogun y el Nishinomaru, que era la residencia del “shogun retirado”. Imitando a los emperadores, los shogunes también podían dimitir de su cargo y “retirarse”, aunque ello no significaba necesariamente perder el poder.

Pocos años antes de la caída del gobierno del shogun, el Honmaru había sido pasto de las llamas, así que el recién llegado emperador Meiji, su familia y su corte se instalaron como pudieron en el Nishinomaru, que a su vez, también quedó reducido a cenizas en 1873.

Fue entonces cuando se decidió construir un palacio completamente nuevo, terminado en 1888. El exterior seguía la arquitectura tradicional japonesa, pero el interior buscaba un mix con la decoración occidental de aire victoriano.

El Salón del Trono en el Palacio Imperial.
El Salón de Banquetes en el Palacio Imperial.
La distribución del palacio era la típica de los palacios de Oriente Lejano organizados a través de patios y pabellones. Una puerta monumental daba acceso al patio principal, al fondo del cual se situaba el pabellón más importante, el Salón del Trono. Detrás de éste, había más salas de recepciones y banquetes y más allá las estancias privadas del Emperador y su familia. Anexo a esta área privada también había el santuario que guardaba “Los Tres Tesoros Sagrados” (las joyas de la corona japonesas).

En el palacio Meiji, oficialmente llamado “el Castillo-Palacio” (Kyūjō), se desarrollaron algunos de los hechos históricos más emblemáticos del Japón moderno, como la promulgación de la primera constitución del país en febrero de 1889.

El emperador Meiji promulgando la Constitución en el Salón del Trono.
Fotografía del Salón del Trono.
El devenir del palacio siguió inalterable hasta, como es lógico suponer, el estallido de la guerra durante el reinado del emperador Showa. En este caso, no de la Segunda Guerra Mundial, sino de la guerra con la vecina República de China (la Segunda Guerra sino-japonesa).


Ante la posibilidad de un bombardeo se preparó un búnker situado en el sótano del único edificio de piedra del complejo, la sede del Ministerio de la Corte Imperial. El búnker fue terminado en 1936, al mismo tiempo que la reforma del edificio. A pesar de tener puertas blindadas de acero, este primer búnker pronto demostró ser demasiado pequeño e inadecuado para soportar bombas de gran tonelaje.


El antiguo Ministerio de la Corte Imperial construido a finales del siglo XIX.
La actual Agencia de la Casa Imperial reformada en 1936.
En 1941, se decidió construir otro edificio medio escondido en los jardines de palacio. En un principio tenía que servir para guardar la biblioteca del Emperador y los “Tres Tesoros Sagrados”, por lo que fue conocido oficialmente como la “Biblioteca de Su Majestad”.

El nuevo edificio era una estructura de hormigón plana con un techo de 3 metros de espesor capaz de soportar bombas de una tonelada. Tenía una planta baja con los aposentos del Emperador y la Emperatriz y dos plantas subterráneas.

La «Biblioteca de Su Majestad».
Plano del área del Palacio Imperial con los principales edificios descritos en el post.
Sin embargo, pronto los bombardeos sobre la capital empeoraron. En marzo de 1945, tuvo lugar el llamado Bombardeo Incendiario de Tokio, fue uno de los más mortíferos (junto con el de Dresde) de la guerra y destruyó casi una cuarta parte de la ciudad.

En mayo del mismo año, el propio palacio fue víctima de los bombardeos, quedando reducido a un montón de madera calcinada.

Ante la negativa del Emperador a abandonar la capital, fue necesario erigir otro búnker más resistente, esta vez debajo de una colina al norte de los jardines. El “Anexo a la Biblioteca de Su Majestad”, como se le llamó, era capaz de soportar bombas de 50 toneladas. Un corredor subterráneo lo comunicaba con la “Biblioteca de Su Majestad”.

El interior de la «Sala de Conferencias».
Este nuevo búnker saltaría a las páginas de la historia en agosto de 1945. Después que Japón expiara sus pecados con las dos bombas atómicas, el emperador Showa reunió al Consejo de la Corona para anunciarles su intención de iniciar conversaciones de paz con los Aliados. Impecablemente vestido con su uniforme de gala e inmaculados guantes blancos, el Emperador tuvo que secarse en varias ocasiones las lágrimas que caían mejilla abajo. La noche del 13 o 14 de agosto, en la sala de conferencias del “Anexo”, el Emperador gravó su famoso discurso “Rescripto Imperial para la Finalización de la Guerra”. El discurso tuvo que ser regrabado porque con el ruido ambiental no se oía nada.

El Emperador reunido con el Consejo de la Corona.
Recreación de la grabación del discurso en la película The Emperor in August (2015).
La noche del 14 de agosto, sin embargo, un grupo de oficiales desafectos del Ejército Imperial intentó tomar el palacio imperial y encontrar y destruir las grabaciones del discurso. El llamado “Golpe del Kyūjō” fracasó cuando los oficiales golpistas no lograron encontrar las grabaciones después de registrar un palacio a oscuras debido a los apagones. Se dice que la grabación fue escondida en un cesto de la ropa sucia o en los propios aposentos privados de la Emperatriz, en los que nadie osó entrar.

El 15 de agosto de 1945, hacia la medianoche, el discurso fue emitido por la NHK (la radio estatal japonesa), era la primera vez que el pueblo del Japón oía la voz del “dios viviente”. No obstante, dada la formalidad del discurso y el hecho que el Emperador hablaba en un japonés muy clásico, la cadena tuvo que emitir una aclaración al final del discurso para especificar que, en efecto, se trataba de una rendición incondicional.


«Yo, el Emperador, después de reflexionar profundamente sobre la situación mundial y el estado actual del Imperio japonés, he decidido adoptar como solución a la presente situación una medida extraordinaria.[…] He ordenado al Gobierno del Imperio que comunique […] la aceptación de la Declaración conjunta [de Potsdam].[…] el enemigo ha lanzado una nueva y cruel bomba, que ha matado a muchos ciudadanos inocentes y cuya capacidad de perjuicio es realmente incalculable. Por eso, si continuamos esta situación, la guerra al final no sólo supondrá la aniquilación de la nación japonesa, sino también, la destrucción total de la propia civilización humana.[…] Soy consciente de los sacrificios y sufrimientos que tendrá que soportar el Imperio […] Sin embargo, […] quiero, aun soportando lo insoportable y padeciendo lo insufrible, abrir un camino hacia la paz duradera para todas las generaciones futuras.[…] Poned en práctica, según lo he dicho, mi voluntad.»


El 2 de setiembre, el Japón firmó la capitulación.

Tras la guerra, el Emperador y su familia siguieron viviendo en la “Biblioteca de Su Majestad”, asimismo, por orden imperial, “el Anexo” fue clausurado.

En los años 60, un nuevo pabellón para la familia imperial fue erigido al lado de la biblioteca, en la misma década se construyó el nuevo Palacio Imperial, destinado a recepciones.

La antigua «Biblioteca de Su Majestad» (arriba) y el nuevo pabellón (debajo), actualmente la residencia de la Emperatriz Madre.
Solo en 2015, tras más de medio siglo, el “Anexo” fue abierto y la Agencia de la Casa Imperial publicó fotos de su interior. El mundo descubrió entonces una reliquia de una de las épocas más oscuras de la historia del Japón.

Entrada al «Anexo».
La «Sala de Conferencias» donde el Emperador gravó el discurso sobre la rendición del Japón.

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