Una amistad improbable: el Zar y la República en Versalles.

Hace exactamente 300 años que se produjo la visita del zar Pedro I de Rusia al palacio de Versalles, se trataba de la primera vez que un soberano de la lejana (y atrasada, en ese momento) Rusia visitaba uno de los centros neurálgicos de la civilización occidental, pero no sería la única.

En este post hablaremos precisamente de la visita que hizo, en 1896, el último monarca ruso, el zar Nicolás II, al templo de la monarquía absoluta francesa.

CORONACIÓN Y TRAGEDIA

Desde el reinado del zar Alejandro III, se había forjado una estrecha alianza entre dos estados a priori opuestos: la República francesa, emblema del republicanismo laico, y el Imperio ruso, símbolo del absolutismo autócrata. La realpolitik había convertido a estos dos estados en extraños compañeros de viaje, la Alianza franco-rusa permitía controlar la creciente influencia alemana en Centroeuropa y unir fuerzas frente al expansionismo colonial británico.

En el verano de 1891, lo imposible ocurrió, una escuadra militar francesa visitó San Petersburgo y en la recepción oficial se tocó por primera vez “La Marsellesa”, himno revolucionario que hasta entonces había estado prohibido en Rusia.

Tres años después, en noviembre de 1894, el emperador Alejandro III fue sucedido por su hijo, Nicolás II, que, en mayo de 1896 (después del luto prescrito), fue coronado “Emperador y Autócrata de todas las Rusias por Gracia de Dios”. Precisamente durante las fiestas populares de la coronación ocurrió una avalancha humana en el Campo de Khodynka, en las afueras de Moscú. Más de mil personas fallecieron.

La siguiente noche, el embajador francés, el conde de Montbello, daba una gran recepción para agasajar a los recién coronados. Se habían traído desde los mejores museos franceses tapices, muebles y platería, y más de cien mil rosas habían llegado desde la Riviera francesa en vagones de tren refrigerados. Sin embargo, la Familia Imperial se encontraba dividida: el Zar y la Zarina no querían asistir por respeto a los fallecidos, pero los tíos del Zar argumentaban que la alianza francesa era fundamental. Al final, el baile se celebró como si nada hubiera pasado, y todos los asistentes brindaron con el mejor champagne francés por la alianza franco-rusa. Las consecuencias de este faux pas las dejamos para otro post.

La «Unción del zar Nicolás II» según el pintor Valentin Serov (1897).

Una vez pasadas las agotadoras ceremonias de coronación tocaba el no menos agotador “tour de la coronación”. Los nuevos soberanos viajarían por Europa para darse a conocer: visitarían al emperador Franz-Joseph de Austria, al káiser Wilhelm II de Alemania y a los abuelos de Zar en Dinamarca, el rey Christian IX y la reina Louise de Hesse-Kassel. En Dinamarca recogerían el nuevo yate imperial, el Standart, y viajarían hasta Escocia para ver a la abuela de Zarina, la reina Victoria.

El Zar y la Zarina junto a su primer hija, la gran duquesa Olga.
La pareja imperial visitando a la reina Victoria y al príncipe de Gales en Balmoral.

El broche final al tour sería, por supuesto, una visita a Francia. La primera que un soberano ruso realizaba en 50 años.

DÍA 1

El 5 de octubre de 1896, hacia el mediodía, con el mar embravecido, el cielo plomizo y bajo una ligera llovizna el Zar y la Zarina desembarcaron en Cherbourg, donde fueron recibidos por el presidente Félix Faure.

Después de las revistas militares, las presentaciones y los banquetes de gala de rigor el cortejo partió al anochecer hacia París.

No deja de ser curioso que un régimen como la Tercera República francesa, que tan antimonárquica se había mostrado en las dos últimas décadas, recibiera con tanto primor y suntuosidad al monarca ruso, que a su llegada a Paris fue recibido con vítores y “Vive l’Empereur!”, exclamaciones que no se habían oído desde que Napoléon III partió hacia el frente en el verano de 1870.

La llegada a la Gare du Ranelagh en Paris.
Multitudes agolpadas para ver al Zar y a la Zarina rodeando el Arc de Triomphe.

En París, a la pareja imperial le esperaba una agenda realmente apretada.

El Zar, la Zarina y la gran duquesa Olga (que tenía menos de un año) se alojaron en el Hôtel d’Estrés, la embajada rusa.  Allí tuvieron lugar las audiencias a Mme Carnot, viuda de asesinado presidente Sadi Carnot, al arzobispo de París, al Nuncio Apostólico y al cuerpo diplomático. Luego, almuerzo con lo más granado de la realeza y aristocracia francesa: el duque de Chartres, el duque de Aumale, la princesa Mathilde Bonaparte, el duque de Rohan, el duque de Luynes, el duque de Doudeauville, la duquesa de Uzès y el mariscal de Mac-Mahon, entre otros.

El Salón del Trono en la embajada rusa, en la actualidad.
© Wikipedia/Chatsam
El Salón del Trono en la embajada rusa, en 1896.
Los tronos de las embajadas rusa (delante) y alemana (detrás).
Ambos convertidos en objetos inútiles después de la Primera Guerra Mundial.
Parada obligada, el Zar asistiendo a misa en la catedral ortodoxa de Alejandro Nevski.

La sucesión de visitas fue particularmente intensa. El primer día, al mediodía, misa solemne en la iglesia ortodoxa de París, la catedral de Alejandro Nevski. Por la tarde, en el Palacio del Élysée, la presentación de los parlamentarios franceses y altos cargos del gobierno y el ejército, por la noche cena de gala oficial de 225 cubiertos. A continuación, el Zar, fatigado, declinó asistir a los fuegos artificiales en el Champ de Mars. Los soberanos y el presidente partieron directamente a representación en la ópera, que finalmente también fue abreviada.

La berlina de gala de la Presidencia de la República, usada para asistir a las representaciones en la Opéra y la Cómedie-Française. Fue encargada en 1896 a Ehrler, antiguo carrosier de Napoléon III.
© RMN-Grand Palais (domaine de Compiègne) / Daniel Arnaudet

DÍA 2

El día siguiente, visita matinal a Notre-Dame y luego a la Sainte-Chapelle y al Palacio de Justicia, con recepción a los altos cargos del poder judicial incluida. A continuación un tour por el Panteón, templo a las glorias republicanas francesas, con una parada especialmente emotiva a en la tumba del asesinado presidente Sadi Carnot. Para concluir la mañana, visita a Les Invalides y a la tumba de Napoléon I, que invadió Rusia bajo el reinado de Alejandro I, bisabuelo de Nicolás II. Almuerzo en el antiguo refectorio de la institución.

A las tres y pico de la tarde, con retraso según lo previsto, llegó uno de los puntos culminantes del viaje de estado: la colocación, en medio de una flotilla de yates y barcazas en el Sena, de la primera piedra del Pont Alexandre III, emblema pétreo de la alianza.

Por la tarde, visita a La Monnaie (la Casa de la Moneda), con intercambio de medallas y monedas conmemorativas incluido. Una vez partidos los soberanos y el presidente, se invitó a los trabajadores de la institución a tomar champán. A continuación, la Academie française, la presentación de los académicos, las disquisiciones sobre la visita de Pedro I el Grande en 1717 y la lectura de poesía. Pasadas las cinco, el cortejo se volvió a poner en marcha hacia el Hôtel de Ville (ayuntamiento), donde se presentaron el consejo municipal y tuvo lugar un concierto. Por la noche hubo representación teatral en la Cómedie-Française con fragmentos de obras de Musset, Corneille y Molière.

La colocación de la primera piedra del Pont Alexandre III.
«La colocación de la primera piedra el 7 de octubre de 1896» por Alfred Roll (1899).
© RMN-Grand Palais (Château de Versailles) / Gérard Blot
Llegada al Hôtel de Ville de Paris.

DÍA 3

La mañana del tercer día empezó con la visita al Louvre. Paradas obligatorias fueron la Victoria de Samotracia, la Venus de Milo, los restos de las Joyas de la Corona (vendidas en 1886) y la interminable colección de pintura. Todo ello en menos de hora y cuarto, no había tiempo, había que partir, por la tarde tocaba visita a Versalles. Entremedias una visita relámpago a la célebre manufactura de porcelana de Sévres y a su museo, el tiempo previsto era 25 minutos, se alargó más de una hora.

A la cuatro y media llegaban los soberanos rusos y el presidente al palacio de Versalles. Como era tarde, se decidió empezar por la visita a los jardines en calesa. Los solitarios parterres y avenidas, en medio del crepúsculo otoñal ofrecían una imagen particularmente melancólica de las pasadas glorias de la monarquía francesa. Parada excepcional en la Fontaine de Neptune donde fueron encendidos los surtidores.

La pareja imperial y el presidente rumbo a Versailles, detrás, las cascadas monumentales del Parque de Saint-Cloud.
Las ruinas del palacio habían sido demolidas hacía apenas cinco años. 
Entrada de la calesa presidencial a la cour d’honneur del palacio de Versalles.

Acto seguido, visita al interior del palacio empezando por los Aposentos de la Reina y en especial los petits cabinets de Marie-Antoinette, soberana por la que la Zarina sentía una viva curiosidad. A continuación recorrido por la Galerie des Glaces y los Grands Appartements hasta la capilla, luego vuelta hacia la galería para ver la puesta de sol desde el balcón central. Los soberanos quedaron particularmente impresionados por los estanques y los parterres teñidos del rojo crepuscular.

Para que reposaran brevemente, al Zar y a la Zarina se les preparó algunas estancias en el antiguo appartement privé (aposentos privados) de Louis XV y Louis XVI: el boudoir de la Zarina en el dormitorio de Louis XVI, el salón de recepción en el llamado Cabinet de la Pendule, el gabinete del Zar en el antiguo gabinete privado del rey y el tocador del Zar en el gabinete de la princesa Adélaïde. Todas las estancias fueron reamuebladas con una mezcla de muebles antiguos y modernos de procedencia real y con una remarcable profusión de flores.

El boudoir de la Zarina decorado con tapicerías de los Gobelins,
la célebre sillería neorrococó del duque de Nemours y una psyché de la emperatriz Eugénie.
El Salón de recepción en el antiguo Cabinet de la Pendule.

El reposo duró hasta las siete y media, cuando todo el mundo se reunió en la Galerie des Batailles para la cena. La suntuosa galería, construida bajo Louis-Philippe I para glorificar la historia militar francesa (y a él mismo) había sido dividida en dos. La parte más cercana a la entrada había sido recubierta de tapices y guirnaldas de flores, servía de salón; la parte más lejana era el comedor, con una larga mesa para los ilustres invitados.

La Galerie des Batailles, en la actualidad.
La Galerie des Batailles, en 1896.
Menú de la cena de gala.
Curiosamente con las flores de lis monárquicas y los emblemas republicanos entremezclados.

Una vez finalizada la cena, una parte de los invitados se trasladó a la otra punta del palacio, al Salon d’Hercule, para asistir a una representación de cortas partes de tragedias, comedias y ballets franceses. Sarah Bernhardt fue una de las actrices invitadas.

Para concluir, una breve colación en el cercano Salon de Diane. A las once y media de la noche, en una berlina cerrada, el Zar y la Zarina abandonaron el palacio rumbo a la estación de Versalles, tocaba hacer un trayecto nocturno para ir a Châlons.

DÍA 4

El último día de la visita a Francia estuvo consagrado a un desfile y a maniobras militares celebradas en el campo de Châlons-sur-Marne. La comitiva llegó hacia el mediodía desde París. Hubo salvas de artillería, desfiles de los regimientos de ambos ejércitos, de los jefes árabes de las colonias francesas y una carga de la caballería francesa. Por la tarde, fue el turno de las emotivas despedidas, el Zar y la Zarina tomaron el tren imperial rumbo a Rusia. La apoteósica visita a Francia llegaba a su fin.

El año siguiente, el presidente francés sería, a su turno, recibido por el Zar en Peterhof.

Nicolás II encargaría nada más llegar a San Petersburgo un retrato oficial que plasmara sus recuerdos de la visita a París. El sofisticado pintor Ernst Lipgart fue el encargado de pintar a un apuesto y joven zar rodeado del bureau de Louis XV que había visto en el Louvre, del sillón neorrococó del duque de Nemours colocado en sus aposentos en Versalles y de una galería que recuerda a la del Grand Trianon.

Retrato oficial del Zar, pintado por Ernst Lipgart (circa 1986).

VUELTA A FRANCIA

La pareja imperial tendría el honor de volver a visitar Francia. En 1901, el káiser Wilhelm II invitó al Zar y a la Zarina a una revista a la flota alemana en Danzig. El gobierno francés, jugando la baza de la alianza franco-rusa, hizo lo mismo, invitó a la pareja imperial a una revista militar, no fuera el caso que Rusia olvidara quien era su única y auténtica aliada.

Esta vez no hubo visita a París. En su origen, el Zar debía haber visitado la capital francesa en 1900, para inaugurar el Pont Alexandre III, pero el temor a un atentado anarquista hizo cancelar la visita.

En 1901, el Palacio de Compiègne, antigua residencia otoñal de Napoléon III al norte de París, fue reamueblada y electrificada a toda prisa. Nicolás II y Alejandra Feodorovna llegaron a Dunkerque el 18 de setiembre, esta vez fueron recibidos por el presidente Émile Loubet. En Compiègne, el Zar tuvo el honor de dormir en el antiguo dormitorio de Napoléon I y Napoléon III; la Zarina, por su parte, lo hizo en el de las emperatrices Marie Louise y Eugénie.

El Dormitorio de la Zarina en Compiègne, aún con el mobiliario de época de la emperatriz Eugènie.

20.000 visitantes y 11.000 soldados saturaron el pequeño municipio de Compiègne durante la breve visita imperial. El primer día hubo maniobras militares y visita a varios fuertes y a la emblemática catedral de Reims. El segundo día, audiencias privadas y paseos por el parque del palacio, por la noche gran cena de gala. La cacería tuvo que anularse debido al mal tiempo. El tercer y último día se consagró a una revista militar en Bétheny, cerca de Reims. Luego el Zar y la Zarina partieron en tren hacia Darmstadt para visitar al hermano de la Zarina, el gran duque Ernst Ludwig de Hesse.

Acuarela representando la cena de gala en el Galerie de bal del palacio de Compiègne.
© State Hermitage Museum.
El Zar pasando revista en el campo de Bétheny.
© Bibliothèque nationale de France/BNF

Como recuerdo de este segundo viaje, el presidente francés regaló a la zarina un tapiz representando a Marie-Antoinette con sus hijos. Cuán macabra puede llegar a ser la historia.

El retrato-tapiz de Marie-Antoinette instalado en el Salón de recepción de la Zarina en Tsarskoyé Seló.

RUMBO A LA GUERRA

A lo largo de más de treinta años, como prueban estas dos visitas, la relación entre la más abierta de las repúblicas y la más cerrada de las monarquías siguió siendo estrecha y fundamental. Francia ofrecía importantes préstamos monetarios y un apoyo sin fisuras a la política rusa en los Balcanes, a cambio se esperaba que Rusia re-dirigiera sus planes militares de Austria-Hungría, su enemigo tradicional, a Alemania, el enemigo de Francia.

Durante años, los diplomáticos franceses convirtieron los asuntos balcánicos en uno de los pilares de su política exterior. Al mismo tiempo, presionaban al estado mayor ruso para que mejorara sus conexiones ferroviarias con la frontera alemana.

En el verano de 1914, mientras Europa se deslizaba al abismo de la Gran Guerra, el presidente Raymond Poincaré, acérrimo nacionalista, visitaba a Nicolás II en San Petersburgo. El presidente francés fue recibido en las afueras de la ciudad, en el palacio de Peterhof, entre su séquito se rumoreó que había huelgas y disparos en la capital rusa. Una vez más, una parte esencial de la visita fue una revista militar. A los franceses les pareció estupendo el ejército ruso y a los rusos les maravillaron los acorazados franceses.

El presidente francés Poincaré y el Zar pasando revista a los marinos rusos en julio de 1914.

La alianza franco-rusa, por extraña que parezca, siguió indeleble hasta la Revolución de Febrero. Su influencia en el estallido de la Primera Guerra Mundial no debe infravalorarse. Tampoco su éxito: consiguió distraer a las tropas alemanas de su avance hacía París. El coste humano fue altísimo.

Raison d’état.

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