El Gran Gatsby: «el jugador de polo» y «el hombre del traje rosa».

Hace un año, más o menos por estas fechas, se estrenó la película The Great Gatsby de la mano de Baz Luhrmann y con Leonado Dicaprio como protagonista. La película recibió, como suele pasar con la obra de Luhrmann, unas críticas mixtas.

Personalmente, debo confesar que, también a mí, la obra del australiano me provoca sentimientos encontrados; Moulin Rouge (2001) la vi cuando era un adolescente y me encantó, tendría que verla otra vez para poder repensar mi opinión; Australia (2008), en cambio, me pareció larga y pesada a pesar de su elaborado despliegue visual y su minuciosa producción; con The Great Gatsby he de decir que quedé encantado.

Espectacular, vibrante y con una magnífica banda sonora, me pareció una película espléndida, que hace que la versión anterior protagonizada por Robert Redford (1974) parezca aún más insípida de lo que es. La película es un buen retrato de los Roaring Twenties (los “Locos Años Veinte”) y de sus excesos, de sus ilusiones, de sus espejismos y, evidentemente, de sus fracasos.

En los años 20, Nueva York se convierte en la heredera del potencial económico e industrial de la Vieja Europa, destruido durante la Primera Guerra Mundial.
Ninguna ciudad representa mejor el carácter vibrante y acelerado de la década de los 20.

Debo confesar, eso sí, que no he leído la novela de F. Scott Fitzgerald (1925), por lo tanto mi opinión se basa única y exclusivamente en la película y en lo que representa, independientemente de si resulta una fidedigna y elaborada adaptación del libro.

Uno de los temas centrales del film, y de eso tratará este post, es el conflicto entre la old money (las viejas fortunas) y los nouveaux riches (los nuevo ricos). Especialmente en Estados Unidos, donde no ha habido una clase aristocrática, se entiende por old moneyaquellas familias que durante décadas han monopolizado el poder económico y político gracias a que en su debido momento, sobre todo durante la primera mitad del siglo XIX, supieron posicionarse bien y fundar negocios increíblemente lucrativos.

Peyorativamente, a veces se ha llamado a estos habilidosos millonarios robber barons (barones ladrones) en referencia a los señores feudales que en la Alta Edad Media cobraban impuestos ilegales y excesivos a sus súbditos; así pues, se entiende que las grandes fortunas tuvieron a veces un origen moralmente reprochable. En todo caso es innegable que grandes familias como los Astor, los Vanderbilt o los Gould contribuyeron al desarrollo económico de los Estados Unidos a través de la industria, la banca, el ferrocarril o la promoción inmobiliaria.

En el Gran Gatsby, la old money está representada por la familia Buchanan y en especial por el marido de Daisy: Tom Buchanan. Él evoca a los miembros de estas grandes familias que durante inicios del siglo XX y Entreguerras se dedicaban a gastar la fortuna que sus abuelos o bisabuelos habían hecho. Seguros de una posición que sus familias habían mantenido durante décadas, sus aficiones fueron las mujeres, los viajes, los yates o los deportes, en resumen una vida de hedonismo y carente que cualquier propósito o meta.

En la película, Tom Buchanan tiene dos aficiones, la primera es el polo, es lo único que se le da bien y en una ocasión, Gatsby lo presenta a unos amigos como “el jugador de polo”, evidenciando que es el único mérito logrado por sí mismo, todo los demás lo ha heredado. Tom, bajo esa apariencia de descuidada familiaridad (tan americana, por cierto) es, no obstante, altivo, tosco y despectivo con todos aquellos que no pertenecen a la old money (“la fauna” como los llama) y es especialmente condescendiente con Gatsby, que percibe como un rival y sobre todo al que envidia porque tiene toda la carisma y el “don de gentes” que a él le faltan. Curiosamente, la segunda afición de Tom es su amante, Myrtle Wilson, la histriónica esposa de un mecánico, mujer que está muy lejos de ser la amante ideal para alguien “bien”; aunque poco hay que decir de esto, pues continúa siendo tema de actualidad a inicios de nuestro siglo XXI.

Tom Buchanan, «el jugador de polo».
Su vida de playboy despreocupado se inspira, en parte, en las de John Jacob Astor IV y William Kissam Vanderbilt II.

Jay Gatsby representa, por el contrario, el nouveau riche, el novato, el recién llegado a la vida de la alta sociedad que desea darse a conocer a través de una vida extravagante y de fabulosas fiestas. Pero Gatsby no es el típico nouveau riche de hortera opulencia, al contrario, bajo los oros y los oropeles se esconde un personaje instruido y educado, a pesar de que sus trajes son coloridos y llamativos (“el hombre del traje rosa”, dice Tom), los viste con exquisita elegancia y su carácter es afable y sencillo a pesar de estar constantemente rodeado de lacayos.

Gatsby, y aquí va la andanada que Fitzgerald le da al sistema de clases, es un gentleman porque ha aprendido a serlo, por su venas no corre sangre de ilustres familias pero puede llegar a ser como ellos si se lo propone. Cierto que la forma en que ha hecho fortuna dista de ser “limpia”, pero a Gatsby le redime su amor por Daisy (su “sueño incorruptible”) y una vida plagada de frustraciones y penurias.

Jay Gatsby y su confiada sonrisa.
Ser un gentleman no impide sufrir ataques de nervios, sobretodo cuando se espera a Daisy.
Gatsby y Daisy.

En una de las escenas clímax de la película, Tom le reprocha a Gatsby ser un “vulgar estafador”, ignorando que muchas de las ahora dignísimas fortunas de los robber baron no cayeron del Cielo. Gatsby le contesta que lo único respetable que tiene Tom es su dinero y que ahora tienen el mismo, ergo son iguales. Pero Tom Buchanan concluye la discusión con un alegato que resume los ideales del old money: “No. Somos diferentes, somos diferentes a Usted, nacimos de manera distinta. Está en nuestra sangre, y nada de los que Usted haga, diga, robe o sueñe, podrá cambiarlo.”

«No. Somos diferentes.»

Asimismo, en la película, la diferencia entre unos y otros queda también plasmada en todo el apartado arquitectónico y decorativo. En primer lugar, los Buchanan tienen su casa de campo en East Egg y Jay Gatsby justo enfrente, en West Egg. Se dice que Fitzgerald se inspiró en dos poblaciones reales, Sands Point y Kings Point (ambas en la costa norte de Long Island), que ejemplificaban el conflicto entre la old money y los nouveaux riches respectivamente.

La casa de los Buchanan es una exquisita mansión “estilo federal”, con un gran pórtico corintio y cuidados jardines ornamentales. En su interior, muebles antiguos heredados durante generaciones alternan con piezas art déco recién compradas en almacenes parisinos. En resumen, todo en la residencia de los Buchanan está pensado para evocar eternidad, serenidad y seguridad; las viejas fortunas siempre han estado allí y siempre lo estarán.

La mansion de los Buchanan. Los expertos en arquitectura observaran un importante error en las proporciones, el pórtico carece de crepidoma o podium y el entablamento y el frontón pesan demasiado.
Old Westbury Gardens, la mansión que inspiró la casa de los Buchanan.
El sereno salón.
Decoración ecléctica con muebles style Louis XVstyle Louis XVI art déco.
© Warner Bros.

La casa de Jay Gatsby es presentada, por el contrario, como una inmensa y desmesurada construcción neogótica fabulosamente iluminada y repleta de muebles extravagantes y grandes pinturas. Las luces, el confeti, los globos, los mullidos cojines e incluso la piscina están destinados a evocar los excesos, las diversiones fugaces y los placeres efímeros. Todo es etéreo, como el decorado de una ópera, nada está destinado a durar. “Tu casa parece la Exposición Universal” le dice Nick a Gatsby, no hay, en resumen, mayor ejemplo de la transitoriedad de los anhelos humanos.

El «castillo» de Gatsby.
La desaparecida Beacon Towers, la mansión que inspiró a Fitzgerald.
Globos…
…confeti,
el Great Hall neogótico con toques asirios…
…y un órgano con intrincada decoración art déco.

Pero tanto las casas de Tom como la de Gatsby están pensadas para aparentar, para remarcar una determinada posición social, son, por lo tanto, más un ejemplo de la imagen proyectada que del alma de los personajes. Las almas del antihéroe y del héroe se representan físicamente a través de dos otros espacios.

En el caso de Tom, se evidencia a través del “nidito de amor” que comparte con su amante Myrtle. Repleto de color rojo, de puntas y estampados de dudoso gusto, de lámparas recargadas, de figuritas kitsch; es un lugar adulterado, excesivo, cutre, histriónico y atormentado.

Nick «esperando» en el pisito de Tom y Myrtle.
© 2013 Warner Bros

En el caso de Gatsby, su alma se expresa a través de su dormitorio. Lejos de la extravagancia del resto de su mansión, el dormitorio de Gatsby presenta unas líneas depuradas y exquisitas inspiradas en la obra del decorador francés Émile-Jacques Ruhlmann. Maderas finas, esbeltas columnas, las camisas perfectamente ordenadas en el piso superior, los recuerdos de Daisy en los álbumes y sobretodo la luz verde que se ve desde la ventana representan la incorruptible alma de Gatsby.

El exquisito dormitorio de Gatsby.
© Matt Hart.

Finalmente, en el desenlace del film la old money vence a los sueños de Gatsby. Y una vez acabado el verano, Tom y Daisy abandonan su mansión. Ni los lacayos uniformados, ni la larga sucesión de baúles y maletas, ni el mayordomo con acento francés evidencian el drama que se ha producido. No importa, las grandes fortunas y los dignos apellidos siempre estarán allí, imperturbables e incólumes. Al menos hasta que la Crisis de 1929 dé al traste con parte de ellas.

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