El árbol de Navidad: del atavismo al consumismo.

Inmenso árbol de Navidad en las Galeries Lafayette de Paris en 2012. La casa Swarovski financió en inmenso árbol que conmemoraba los cien años de la construcción del edificio.

Como muchos de los elementos y símbolos que nos rodean en Navidad, el árbol no solo ha perdido su valor espiritual sino que además su origen poco tiene que ver con la religión cristiana (como la Navidad misma, que deriva, de hecho, de las Saturnales romanas).

Pero, en el caso del árbol de Navidad, su origen no fue la Antigua Roma sino las religiones paganas del centro y norte de Europa, es decir, «los bárbaros» o la cultura nórdico-germana. En dichas vecindades, se veneraba un árbol como símbolo del Árbol de la Vida, elemento místico que aparece en muchas culturas y que simboliza la renovación constante del mundo (como en la Antigua Mesopotamia) además de la conexión entre el Cielo, la Tierra y el Inframundo (como la ceiba en las culturas mesoamericanas).

La película The Fountain (2006) de Darren Aronofsky explora algunos de los significados del Árbol de la Vida.

Poco a poco, a medida que el Imperio Romano se desintegraba y el Cristianismo se extendía entre los pueblos bárbaros, se fue produciendo una lenta asimilación de las tradiciones autóctonas y, según la leyenda más difundida, fue San Bonifacio (a mediados del siglo VIII) el responsable de talar el roble asociado al paganismo y substituirlo por un abeto, cuya forma parece ser que tenía referencias trinitarias. El nuevo símbolo cristiano se adornó entonces con manzanas, como referencia al pecado original y al Árbol de Conocimiento y con velas, como símbolo a la luz de Cristo. Progresivamente la manzanas se fueron metamorfoseando en las bolas de Navidad. Asimismo el árbol también servia de escenario para el intercambio de regalos, tradición cuyo origen generalmente se atribuye a San Nicolás de Bari (antecesor del actual Papa Noel, por cierto) pero que en realidad remonta a las ya citadas Saturnales romanas, que como ya he dicho fueron las predecesoras de la Navidad.

Detalle de La Santísima Trinidad (circa 1754) de Corrado Giaquinto, Museo del Prado. La forma triangular del abeto pronto de asoció a la representación del Padre, del Hijo y de Espíritu Santo.

La tradición del árbol de Navidad se generó y se mantuvo por lo general en el centro y norte de Europa, y con la llegada de la Reforma, en el siglo XVI, el árbol fue asociado casi exclusivamente a las familias burguesas protestantes, mientras que las católicas prefirieron el Belén.

La implantación de dicha costumbre en la Europa occidental (de tradición esencialmente latina), fue, por lo tanto, más bien tardía. Generalmente se cita a la reina Maria Leszczyska, esposa de origen polaco del rey Louis XV de Francia (1715-1774), como la responsable de la introducción del árbol de Navidad en la corte de Versailles, pero dicha aseveración ha sido ampliamente discutida y, de hecho, ninguno de los contemporáneos de la Reina dejó nada escrito al respecto. Por lo general, es el siglo XIX el período generalmente visto como el punto de inflexión en la tradición del árbol de Navidad y su expansión está, por lo general, ligada a miembros de la alta aristocracia de ascendencia no católica.

En el caso británico se nombra a la reina Charlotte de Meckenburg-Strelitz, esposa de George III (1760-1820), como la introductora de dicha costumbre en la corte británica, aunque una vez más sin demasiadas pruebas. Bastante unánime es la atribución al príncipe Albert de Sajonia-Coburgo-Gotha, marido de la reina Victoria, pues fue precisamente en la década de los 40 (Albert y Victoria se casaron en 1840) cuando empezaron a aparecer los primeros ejemplares en las celebraciones navideñas del castillo de Windsor.

El salón privado del príncipe Albert en el castillo de Windsor (1850), James Roberts
© Royal Collection/Her Majesty Queen Elizabeth II.

En el caso francés, la responsabilidad también recae en una protestante, en este caso Hélène de Mecklenburg-Schwerin, quien en 1837 se casó con Ferdinand-Philippe, Duque de Orleans e hijo y heredero del rey Louis-Philippe I de Francia (1830-1848). Fue, pues, también en la década de los 40 cuando los primeros árboles de Navidad aparecieron en el palacio de las Tuileries.

La reina Victoria visitando al rey Louis-Philippe I en 1843 en el castillo de Eu. El rey Louis-Philippe viste la casaca marrón, el príncipe Albert es el que está de perfil, la reina Victoria aparece sentada en el centro y Hélène de Mecklenburg, Duquesa de Orleans, es la que viste de luto en el extremo izquierdo.

Más tardía es la asimilación del árbol en la Europa mediterránea, en Italia se asocia a la reina Margherita, esposa de Humberto I (1878-1900), que no era protestante pero si muy pro-francesa, e introdujo la costumbre en los años 80 en el palacio del Quirinal. Finalmente, el caso español tiene la particularidad de no estar asociada a ningún miembro de una familia reinante, al menos directamente. La tradición relaciona el árbol de Navidad con la figura de José Isidro Osorio de Silva-Bazán, XVI Duque de Alburquerque. El hombre, famoso por su fortuna, ha pasado a la historia por ser uno de los artífices de la Restauración Borbónica; vamos, que si Cánovas puso su mente y Martínez Campos su espada, el Duque puso su dinero y sus contactos. Pero lo que nos interesa es que el Duque de Alburquerque contrajo matrimonio en 1869 con la princesa rusa Sofia Troubetzkoy (viuda de Duque de Morny, hermanastro del emperador Napoléon III). El nuevo matrimonio fue célebre por las fastuosas recepciones que dieron, durante la turbulenta década de los 70, en su residencia de Madrid, el Palacio de Alcañices, y parece que fue entonces cuando los primeros árboles de Navidad hicieron su aparición en España.

Gravado de la Cibeles y la calle de Alcalá en 1882, a mano izquierda se puede ver el desaparecido Palacio de Alcañices.
Célebre retrato de Sofia Troubetskoy, cuando era Duquesa de Morny, pintado por Winterhalter en 1863.

El resto de la historia de los árboles de Navidad es más o menos deducible: el surgimiento de la cultura de masas y de la sociedad del consumo a lo largo del siglo XX acabaron de difundir dichos símbolos atávicos en los hogares de la clase media.

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